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sábado, 14 de marzo de 2015

Los Xákmok Kásek, nativos expoliados en Paraguay, reocupan sus tierras tras 30 años de exilio

Xákmok Kásek (Paraguay).- Unos 300 indígenas supervivientes de un éxodo que empezó hace tres décadas, cuando un gran empresario ganadero les expulsó de su territorio ancestral en la vasta región del Chaco, han vuelto a su tierra prometida para exigir al Estado paraguayo que la titule a su nombre.


Los miembros de la comunidad indígena Xákmok Kásek son oriundos del Chaco, una región de especial riqueza medioambiental y cultural que se extiende por Paraguay, Bolivia, Argentina y Brasil.
A finales de febrero reingresaron al terreno que les pertenece, de acuerdo con una sentencia de 2010 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH).

Son 10.700 hectáreas, repartidas entre una empresa agrícola y la propiedad de un gran terrateniente, el estadounidense Roberto Eaton, quien les expulsó a principios de la década de 1980.

La Corte sentenció al Estado paraguayo a restituir toda esa extensión a los indígenas antes de 2014.
Durante 30 años han sobrevivido en un reducto de tierra prestada, de suelo improductivo, donde apenas podían cultivar o tener ganado y carecían de acceso a servicios públicos básicos como agua, luz, educación o salud.

La comunidad, formada por miembros de los pueblos sanapaná y énxet, no aguantaba más.
El mes pasado, en una larga asamblea que reunió a ancianos, hombres, mujeres y niños, los Xákmok Kásek hicieron recuento de todos sus pasos judiciales a nivel nacional e internacional, y de sus esfuerzos de comunicación con la prensa y el Gobierno.

Y concluyeron que nada de eso les ha ayudado a volver a su hogar, por lo que decidieron pasar a la acción.

Embolsaron sus pocas pertenencias: útiles de cocina, colchones, mantas, poca ropa y algunos animales domésticos y caminaron los 18 kilómetros de trecho embarrado que les separaba del exilio.
Ahora, entre vestigios de bosques de vegetación baja, colocaron un cartel con la leyenda: "Esta es nuestra tierra ancestral".

"Volvimos porque este es nuestro lugar, necesitamos esta tierra para estar juntos, pase lo que pase, vamos a entrar y no vamos a retroceder, queremos trabajar y cultivar", dijo a Efe Castorina Dermos Delarrosa, de 57 años, una de las líderes comunitarias.



Del mismo parecer se mostró Milciades González Ruiz, de 30 años, otro miembro de la comunidad, quien declaró a Efe que "el Estado debe acatar la sentencia".

"Esta tierra nos pertenece y en ella conseguiremos el desarrollo que queremos", manifestó.
Delarrosa recuerda que su marido nació y creció en la estancia ganadera Salazar, propiedad de Eaton, en poder de las 7.701 hectáreas de tierra de las 10.700 pertenecientes al territorio ancestral de los Xákmok Kásek.

Aseguró que durante décadas Eaton obligaba a los hombres "a trabajar de sol a sol a cambio de nada. Comida y nada más, no a cambio de salario".

Ella estudió solo hasta sexto grado porque nunca hubo una escuela con más cursos a menos de 100 kilómetros, dijo.

El origen de las actuales violaciones de derechos territoriales indígenas en Paraguay se remonta a la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), cuando Paraguay fue arrasado por Argentina, Brasil y Uruguay.

Veinte años después de la derrota, el Estado paraguayo vendió en la bolsa de valores de Londres dos tercios del Chaco, que ocupa la mitad occidental del país, para financiar la deuda impuesta tras el conflicto bélico.

La división y venta de esos territorios fue realizada con desconocimiento de la población que los habitaba, que en ese entonces era exclusivamente indígena, recuerda la CorteIDH en su sentencia.

El proceso de colonización de Paraguay en el Chaco afectó a todos los pueblos indígenas que como la comunidad Xákmok Kásek vieron desaparecer su territorio milenario entre vallas para ganado de los nuevos terratenientes paraguayos y extranjeros.

En la región del Chaco hay presencia de hasta 17 de las 20 etnias indígenas que existen en Paraguay, divididas en cinco familias lingüísticas diferentes.

 Más fotos:














Texto y fotografías para la Agencia Efe publicados en diversos medios como:
La Vanguardia  (España)
El Confidencial (España)
Sin Embago (México)
Radio Ñandutí (Paraguay)

sábado, 20 de diciembre de 2014

El último grupo indígena aislado fuera de la Amazonía vive en Paraguay y la deforestación está a punto de hacerlo desaparecer


Chaidí (Paraguay), El último grupo indígena en aislamiento voluntario que queda en América fuera de la Amazonía está al borde de la desaparición si el Estado paraguayo no frena la deforestación e invasión de sus tierras por parte de ganaderos, denuncian sus familiares ya contactados y las Naciones Unidas.

El grupo de ayoreo todobiegosode que queda aislado en Paraguay es como la última aldea gala resistiendo el avance del Imperio romano. Una cultura a punto de hacer desaparecer a la otra.

Pero en lugar de murallas, los nativos están rodeados de un inmenso bosque que les da protección y sustento desde hace miles de años. Y no son tropas militares a las que tienen que resistir, sino al avance de las máquinas topadoras que van destruyendo los árboles del territorio en el que viven desde antes de la colonización española.

De ello están convencidos en Chaidí, principal asentamiento de los totobiegosode que han salido de su hábitat natural: el interior de los bosques vírgenes del Chaco paraguayo.

En ese monte de vegetación baja, de cactus y jaguares, de pronunciadas sequías e inundaciones, situado en el departamento de Alto Paraguay, más cerca de Bolivia que de Asunción, aún se esconden al menos un centenar de nativos totobiegosode que nunca han contactado con la sociedad envolvente.

Voluntariamente rehúsan vivir con los "coñone", que significa "los que no entienden el mundo" en idioma ayoreo, término dedicado a los extraños que no viven cuidando el bosque.

Sus hermanos contactados denuncian lo que ellos no están en condiciones de hacer: la desaparición de todo un ecosistema bajo las topadoras de las empresas ganaderas invasoras.

























Al menos tres empresas terratenientes, Yaguareté Porá, de Brasil, Carlos Casado S.A., de capital español, y la paraguaya Itapotí poseen los títulos de propiedad de buena parte de las casi 2,8 millones de hectáreas que, según los antropólogos, alguna vez integraron el territorio de los distintos grupos ayoreo, que vivían entre el sur de Bolivia y la región chaqueña de Paraguay.

"Solo queremos proteger a nuestros hermanos y para eso necesitamos que el Estado compre y proteja nuestro territorio ancestral", dijo Porai Picanerai, cacique de los totobiegosode de Chaidí.

Picanerai vivía en el bosque hasta que en 1986 otros ayoreo armados enviados por la Misión Nuevas Tribus, un grupo evangélico estadounidense con larga trayectoria en Paraguay, llegó a su aldea, recordó.



"Maté a dos personas para defender a mi familia", relató.

Aquel enfrentamiento tuvo como resultado la muerte de al menos cuatro indígenas y la salida del bosque de unos 40, según los datos de las ONG Iniciativa Amotocodie y Gente, Ambiente y Desarrollo (GAT).

Desde entonces, cada vez más totobiegosode han ido saliendo del bosque, bien en enfrentamientos violentos o bien cuando ya no tenían más lugar a donde ir.

Como es el caso de Ingoi Etacori de 40 años y Carateba Picanere, de 70, que salieron de la selva en 2004 al quedar solos al borde de una carretera abierta por dueños de estancias cercanas.

Etacori aún tiene las marcas en la cabeza del pelo trenzado que acostumbraba a llevar, como manda la cultura de su pueblo. Su padre y sus tres hermanos aún viven en el bosque, aseguró.

Solo quedan 120 pueblos aislados en todo el continente americano, la mayoría en la frontera de Brasil, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Los totobiegosode que viven en Paraguay son el único caso fuera de la Cuenca Amazónica.

La aceleración de la industria ganadera en la última década en el Chaco paraguayo ha provocado una de las tasas de deforestación más altas del mundo, según la ONG ambientalista Guyra Paraguay.

"La ganadería, la búsqueda de petróleo y de maderas preciosas siguen siendo responsables de este etnocidio que sufren los totobiegosode", dijo Benno Glauser, director de Iniciativa Amotocodie.

Según Glauser, la mayoría de los totobiegosode que abandonaron el bosque aún viven el trauma del contacto. "Les engañaron, los ancianos siguen en shock ante la sociedad envolvente, sin poder entender nuestro sinsentido", expresó.

La Relatoría de la ONU para los Derechos Indígenas, así como las organizaciones Amnistía Internacional y Survival piden al Estado paraguayo que detenga las intervenciones ilegales en territorio ayoreo y recupere las tierras ancestrales que reclaman.

Los expertos de estas organizaciones alertan que cada vez se ven más restos de armas o de animales cazados, señales de los "silvícolas", producto de la reducción del bosque.

Incluso hubo un avistamiento de un clan familiar hace solo dos meses en un territorio que no es el suyo habitual, según las ONG.

Huyen de las máquinas topadoras, de los tractores y de las zonas que van quedando sin animales silvestres, atrás van dejando una forma de vida milenaria que nunca perjudicó al medioambiente.







































A continuación una lista de organizaciones donde cualquier persona puede ayudar de muchas formas a a los ayoreo totobiegosode y a todos los pueblos indígenas de Paraguay:

Amnistía Internacional
Survival
Iniciativa Amotocodie
Gente Ambiente y Territorio
Tierraviva

domingo, 29 de junio de 2014

La lucha por la tierra arrastra a miles de indígenas paraguayos a malvivir en Asunción

Asunción, 28 jun.- El drama de los indígenas paraguayos por la falta de tierra y la pobreza está presente en el centro de Asunción desde hace dos meses, cuando medio millar de nativos, entre ellos unos 200 niños, se instalaron en los alrededores de la antigua estación de tren para reclamar tierras y ayudas al Estado.
Los indígenas, en su mayoría del pueblo mbya guaraní, originarios de cuatro departamentos a cientos de kilómetros de la capital, ofrecen a sus compatriotas la versión urbana de las penurias que padecen en sus comunidades rurales.
Su campamento se extiende en una de las pocas explanadas peatonales del centro de la ciudad, por donde la gente pasa con absoluta indiferencia, se quejó Lucio Reinaldo Estigarribia, de 54 años, uno de los líderes.
"Nos sentimos discriminados. Esto es inhumano, pero no tenemos a donde ir", añadió.
Su presencia en Asunción revela una realidad oculta a los ojos de los habitantes urbanos, ya que un 76 % de los 116.000 indígenas del país vive en la pobreza, según datos del Instituto Nacional del Indígena (INDI).
Su mayor reclamación es el acceso a la tierra, en uno de los países con más porcentaje de latifundios del mundo.

Feliciano Fernández, de 66 años, malvive, junto con su esposa, hijos, nietos y bisnietos, sin electricidad y sin acceso gratuito a agua potable desde hace casi un mes frente a la estación, un edificio monumental inaugurado en 1864 que hoy está inactivo.
Fernández pide más atención médica, más abrigos y comida para resistir hasta que el INDI les atienda en sus reclamos.
Junto con su mujer, que es la anciana de la comunidad y la encargada de los rituales religiosos, organiza a las decenas de bebes, niños y adolescentes que corretean entre ollas con fuego, a unos metros del paso de los coches.


Los menores empiezan a bailar en círculo al ritmo de la canción que entona la mujer, con el rostro oculto a intervalos por el humo espeso de la gran pipa de tabaco que fuma, y de las notas de una guitarra prácticamente destrozada que toca su marido.
"Aún en un lugar extraño como Asunción tenemos que conservar nuestra cultura", explicó Estigarribia.
Los nativos lavan la ropa en una boca de riego próxima y hacen sus necesidades donde pueden, ya que el baño público más cercano cuesta 1.000 guaraníes (0,23 dólares), que no siempre pueden pagar.
Cocinan en plena calle con sus ennegrecidas ollas, y para dormir algunos tienen el refugio de los arcos de la estación, pero otros aguantan las lluvias torrenciales de esta semana bajo lonas, cartones y plásticos.
Los alimentos ya no proceden de sus pequeñas parcelas rurales, sino del supermercado de la esquina, cuando consiguen reunir unas monedas, o del INDI, que les lleva kits de asistencia semanales con pasta, arroz y otras artículos básicos.
Luis Fleytas, director sanitario del Ministerio de Salud para la capital, dijo que la situación de los indígenas es "inhumana" y que les están asistiendo con medicamentos, vacunas y primeros auxilios, así como transporte, ya en tres ocasiones, en casos de partos.
Fleytas destacó que sus mayores problemas de salud son respiratorios, por el frío, las lluvias y la falta de higiene.




El presidente del INDI, Jorge Servín, dijo que los indígenas pertenecen a comunidades con distintos conflictos, algunos internos, y otros provocados por terceros, como grandes productores de soja de origen brasileño o alemán, que les expulsaron de su tierra ancestral.
En el caso de los mbya aseguró que poseen 1.300 hectáreas de terreno, pero que un conflicto interno expulsó a una parte de la comunidad, que quedó viviendo en el margen de una carretera.
"Nosotros este año no tenemos presupuesto para comprar más tierras", dijo Servín.
"Hay vacíos legales. El INDI no da a basto, y no puede asumir todo solo, la Fiscalía debe actuar como dice la Constitución, pero no lo hace", añadió.
Mientras, indígenas como Liliana Sosa, de 33 años, que llegó hace un mes al lugar, continúan a la espera.
"Al menos aquí nos verán morir", dijo Sosa, antes de dar una larga calada a su puro.










domingo, 9 de marzo de 2014

Niñas indígenas paraguayas y el desafío de llegar a la educación secundaria

 
General Resquín (Paraguay).- Dos niñas de una remota comunidad indígena en Paraguay se convierten en las primeras mujeres de su grupo en acceder a la educación secundaria y logran salir a estudiar a unos 150 kilómetros de su hogar, gracias a un proyecto de una ONG dedicada a promover los derechos de la infancia.

Alicia y su prima Roselda tienen 13 años. Si fueran blancas y vivieran en Asunción, la capital del país, el hecho de que lleguen a la educación secundaria no sería noticia.

Pero continuar estudiando en la adolescencia siendo niña e indígena en un entorno rural las convierte en auténticas heroínas.

La comunidad Tapyiku se compone de varias familias nativas que viven en pequeñas casitas de madera, donde la luz eléctrica, el baño o el suelo de baldosas son un lujo exótico y la producción agraria apenas alcanza para alimentarse.

Esquivar el embarazo prematuro, el machismo imperante en su sociedad y en el país en general, las enfermedades relacionadas con la falta de alimento y la pobreza que afecta al 32 por ciento del país, según las Naciones Unidas, no es una tarea fácil.

El 76 por ciento de los aproximadamente 116.000 nativos del territorio de Paraguay están en situación de pobreza extrema, según el Instituto Nacional del Indígena (INDI).

Lo que se traduce en una desnutrición crónica, en enfermedades parasitarias o abortos espontáneos, dijo la enfermera del puesto de Salud del municipio, Adela Ávalos, que periódicamente atiende a la comunidad.

A pesar de las dramáticas estadísticas que describen la situación de los indígenas de Paraguay, las ganas de Roselda y Alicia por continuar estudiando matemáticas y convertirse algún día en maestras lograron revolucionar a esta pequeña comunidad de nativos Avá guaraní, situada en el departamento de San Pedro.


Con el apoyo y supervisión de la ONG Plan Internacional, dedicada a la lucha por los derechos de la infancia, las niñas lograron el permiso del consejo de ancianos y del cacique del grupo para viajar a unos 200 kilómetros e internar en una escuela agrícola ecológica.


Para la comunidad supone también un gran desafío y una enorme responsabilidad permitir a las chicas salir de su entorno de caminos de tierra roja y precarios cultivos de mandioca y maíz. Tienen miedo, explicó Marcelino Prieto, director regional de Plan Paraguay en San Pedro.


Saben que son un ejemplo para el resto de niños y niñas, que solo desde hace algunos meses disponen de una pequeña escuela de educación primaria, construida y equipada por la ONG.

Pero también creen que fuera son carne de cañón para las redes de trata de personas que actúan en el país, a lo que suman la mitificación de la violencia en las ciudades y la discriminación que sufren por buena parte de la sociedad.

Para la directora y maestra de la escuela local, Blácida Quiñones, el ejemplo de estas dos niñas es muy importante para el resto.

"Esto es muy pequeño. Todos saben ya que ellas vencieron el miedo y las quieren imitar", dijo Quiñones.

"En los primeros tiempos no se animaban. Primero se fue Alicia y después conseguimos animar a la otra", añadió.


Alicia y Roselda ya han pasado un curso fuera de su hogar y han vuelto a casa para contarlo y mostrar sus excelentes calificaciones.

Roselda apenas logra controlar su timidez para enseñar su cuaderno de notas, que demuestra que el español ya no es ningún desafío para ella ya que su calificación constata que lo habla y escribe tan bien como el resto de sus compañeros que no se manejan en el idioma guaraní.

También destaca en sus amadas matemáticas y en el resto de asignaturas, lo que para su orgullosa maestra demuestra que ellas son tan inteligentes como cualquier otro niño.

"Ahora se sienten a gusto, se sienten bien, se apoyan la una a la otra. Su futuro debe ser la universidad", sentenció.