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domingo, 29 de junio de 2014

La lucha por la tierra arrastra a miles de indígenas paraguayos a malvivir en Asunción

Asunción, 28 jun.- El drama de los indígenas paraguayos por la falta de tierra y la pobreza está presente en el centro de Asunción desde hace dos meses, cuando medio millar de nativos, entre ellos unos 200 niños, se instalaron en los alrededores de la antigua estación de tren para reclamar tierras y ayudas al Estado.
Los indígenas, en su mayoría del pueblo mbya guaraní, originarios de cuatro departamentos a cientos de kilómetros de la capital, ofrecen a sus compatriotas la versión urbana de las penurias que padecen en sus comunidades rurales.
Su campamento se extiende en una de las pocas explanadas peatonales del centro de la ciudad, por donde la gente pasa con absoluta indiferencia, se quejó Lucio Reinaldo Estigarribia, de 54 años, uno de los líderes.
"Nos sentimos discriminados. Esto es inhumano, pero no tenemos a donde ir", añadió.
Su presencia en Asunción revela una realidad oculta a los ojos de los habitantes urbanos, ya que un 76 % de los 116.000 indígenas del país vive en la pobreza, según datos del Instituto Nacional del Indígena (INDI).
Su mayor reclamación es el acceso a la tierra, en uno de los países con más porcentaje de latifundios del mundo.

Feliciano Fernández, de 66 años, malvive, junto con su esposa, hijos, nietos y bisnietos, sin electricidad y sin acceso gratuito a agua potable desde hace casi un mes frente a la estación, un edificio monumental inaugurado en 1864 que hoy está inactivo.
Fernández pide más atención médica, más abrigos y comida para resistir hasta que el INDI les atienda en sus reclamos.
Junto con su mujer, que es la anciana de la comunidad y la encargada de los rituales religiosos, organiza a las decenas de bebes, niños y adolescentes que corretean entre ollas con fuego, a unos metros del paso de los coches.


Los menores empiezan a bailar en círculo al ritmo de la canción que entona la mujer, con el rostro oculto a intervalos por el humo espeso de la gran pipa de tabaco que fuma, y de las notas de una guitarra prácticamente destrozada que toca su marido.
"Aún en un lugar extraño como Asunción tenemos que conservar nuestra cultura", explicó Estigarribia.
Los nativos lavan la ropa en una boca de riego próxima y hacen sus necesidades donde pueden, ya que el baño público más cercano cuesta 1.000 guaraníes (0,23 dólares), que no siempre pueden pagar.
Cocinan en plena calle con sus ennegrecidas ollas, y para dormir algunos tienen el refugio de los arcos de la estación, pero otros aguantan las lluvias torrenciales de esta semana bajo lonas, cartones y plásticos.
Los alimentos ya no proceden de sus pequeñas parcelas rurales, sino del supermercado de la esquina, cuando consiguen reunir unas monedas, o del INDI, que les lleva kits de asistencia semanales con pasta, arroz y otras artículos básicos.
Luis Fleytas, director sanitario del Ministerio de Salud para la capital, dijo que la situación de los indígenas es "inhumana" y que les están asistiendo con medicamentos, vacunas y primeros auxilios, así como transporte, ya en tres ocasiones, en casos de partos.
Fleytas destacó que sus mayores problemas de salud son respiratorios, por el frío, las lluvias y la falta de higiene.




El presidente del INDI, Jorge Servín, dijo que los indígenas pertenecen a comunidades con distintos conflictos, algunos internos, y otros provocados por terceros, como grandes productores de soja de origen brasileño o alemán, que les expulsaron de su tierra ancestral.
En el caso de los mbya aseguró que poseen 1.300 hectáreas de terreno, pero que un conflicto interno expulsó a una parte de la comunidad, que quedó viviendo en el margen de una carretera.
"Nosotros este año no tenemos presupuesto para comprar más tierras", dijo Servín.
"Hay vacíos legales. El INDI no da a basto, y no puede asumir todo solo, la Fiscalía debe actuar como dice la Constitución, pero no lo hace", añadió.
Mientras, indígenas como Liliana Sosa, de 33 años, que llegó hace un mes al lugar, continúan a la espera.
"Al menos aquí nos verán morir", dijo Sosa, antes de dar una larga calada a su puro.










viernes, 14 de marzo de 2014

La orquesta juvenil paraguaya que surgió del vertedero se va de gira con Metallica

La mítica banda de rock estadounidense Metallica arranca su gira por Suramérica el próximo domingo en Colombia con un peculiar grupo telonero, una humilde orquesta juvenil de Paraguay que toca con instrumentos reciclados del vertedero de su barrio.


"Es algo que ni en el sueño más loco piensas que va a pasar", dijo Glen Cabrera, de 20 años, en medio del último ensayo antes de salir de gira, mientras acariciaba con orgullo su trombón, que en vez de botones dorados tiene llaves y monedas.

Hacer que la Quinta Sinfonía de Beethoven suene con violines hechos de latas de conserva, y saxofones y trompetas a base de cañerías viejas fue uno de los primeros desafíos de esta orquesta creada para apartar a los niños de los peligros del vertedero donde sus padres trabajan.

La Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, o "Reciclados" como se autodenominan sus miembros, lleva semanas transformando su repertorio de música clásica y folclore latinoamericano a sonidos más rockeros.


Para la ocasión han preparado varias adaptaciones de conocidos himnos del rock, aunque no quisieron desvelar cuáles.

"Suenan bastante bien porque nuestros instrumentos están hechos de metal. Justamente tenemos un timbre metaloso-latoso que corresponde perfectamente", explicó uno de los tutores de la orquesta, Thomas Lecourt, un saxofonista francés de 26 años, que llegó como voluntario al barrio y sumó sus conocimientos a la banda.



Hasta han diseñado una nueva guitarra para la ocasión, eléctrica, claro, para poder distorsionar un poco la melodía, pero hecha con una tabla de madera para picar comida, manteniendo su sello de aprovechar todos los recursos a su alcance.

"Les vamos a llevar metal en serio", dijo riéndose Andrés Riveros, otro joven saxofonista.

A sus 19 años trabaja y acaba de entrar en la universidad, algo que él mismo creía impensable hace seis años cuando corría entre los desechos del vertedero hasta toparse con las clases de guitarra del director de la orquesta, Favio Chávez.

"Nunca pensé que viajaría a España o Estados Unidos y mucho menos que tocaría con Metallica, casi nos dio una llorera cuando nos enteramos", destacó.

El proyecto social que comenzó en 2006 como meras clases de música se convirtió enseguida en una institución en el "Bañado Sur", donde se encuentra el barrio de Cateura y el vertedero municipal de la capital de Paraguay.

Es fácil saber donde comienza "el bañado", como se conoce en Asunción a las barriadas pobres a las orillas del río Paraguay.

Se termina el asfalto, las calles se pueblan de carros tirados a caballo, los tendidos eléctricos, si existen, son enormes madejas de cables sueltos, y siempre hay alguna acera inundada por las crecidas del río.


En Cateura, dependiendo de hacia donde sople el viento ese día, suele notarse el terrible olor que exhala el vertedero municipal de una ciudad que no cuenta con sistemas de reciclado y eliminación de desechos de forma sostenible.

Este es el entorno de donde sale el arte, ya internacional, de la Orquesta. El tráiler de un documental sobre el proyecto tuvo millones de reproducciones en YouTube hace un par de años y provocó una oleada de ofertas de ayuda desde el extranjero.

Donaciones de dinero e instrumentos, invitaciones de gobiernos y casas reales europeas, como la española o la holandesa, propuestas de conciertos en EE.UU. e incluso en Palestina comenzaron a inundar el correo electrónico de Chávez, mientras en su país ninguna autoridad les echaba una mano, si quiera para encontrar un local mejor donde ensayar.

Los integrantes de Metallica, tras conocer el éxito del proyecto emprendido por Chávez, ingeniero ambiental que llegó a trabajar en el vertedero y se reconvirtió en profesor de música, decidieron hace unos meses invitar a tocar a los Reciclados con ellos.

El sábado inician el viaje junto al grupo de rock, que les llevará a Colombia, Ecuador, Perú, de vuelta a Asunción, después a Santiago de Chile y Buenos Aires.

A pesar de sus éxitos, los chicos y chicas de la banda no sufren de la egolatría de otros artistas, como se pone de manifiesto en sus ensayos, donde los más mayores ayudan a los principiantes.

Riveros desea que los fanáticos de Metallica queden satisfechos con sus versiones rockeras y sinfónicas.

"Espero que si no les gusta, no nos tiren tomates, que en Paraguay están carísimos", dijo entre risas.








viernes, 3 de enero de 2014

La orquesta de niños que transformó la basura en música


Trozos de tubería, latas de aceite industrial, monedas, llaves viejas y mucho ingenio componen los instrumentos de la orquesta de niños de Cateura, que debutará mañana en el Auditorio Nacional de España.

Provenientes de un barrio estigmatizado por su pobreza y su cercanía al vertedero de Asunción, la treintena de niños paraguayos que componen la Orquesta de Instrumentos Reciclados demostrará en España cómo han empezado a transformar su comunidad gracias a la música y el empeño.

Corría 2006 cuando Favio Chávez, de 37 años, ingeniero ambiental apareció en Cateura, una barriada de calles sin asfalto que en aquel entonces solo ocupaba páginas de sucesos en los diarios. Albergar la basura de toda una ciudad donde apenas existe un mínimo sistema de reciclaje da lugar a muchas noticias policiales.

Nacido en un pequeño pueblo a unos 80 kilómetros de Asunción, Chávez llegó a Cateura para terminar su tesis sobre separación de residuos, pero los hijos de los "gancheros", como son conocidos en Paraguay los trabajadores del vertedero, reclamaban su atención mucho más que la basura.


Técnico, pero también músico, decidió traer dos guitarras para entretener a los chicos mientras sus padres y madres trabajaban.

"Había que alejarlos de las máquinas peligrosas, de la suciedad..." recuerda Chávez, ahora director de una escuela de música financiada con donaciones y con las actuaciones de la orquesta infantil que en los últimos dos años ha viajado a Estados Unidos, Japón, Holanda, Brasil o Colombia.

"Cada vez venían más niños y no había instrumentos para todos. Ahí apareció el talento de Don Colá", dijo Chávez sentado en una de las aulas donde ahora imparte clases de forma gratuita a unos 150 niños del barrio.

Nicolás Gómez, ganchero veterano del vertedero encontró un violín roto y se lo llevó a Chávez, quien le propuso que intentara arreglarlo.

Don Colá aprovechó maderas del instrumento original y añadió restos metálicos encontrados entre la basura para terminar un violín "sui generis".


Así nació el símbolo que ha hecho a la orquesta de Cateura alzarse por encima del resto de agrupaciones profesionales del país.

"Cuando Favio lo agarró y tocó, yo no lo podía creer, nunca pensé que fuera a sonar", afirmó el luthier Don Colá, mientras en su humilde taller, pegado al vertedero, hacía los últimos apaños a los instrumentos que los jóvenes intérpretes se llevaron a España.

Suena cumbia en la radio, gallinas y perros entran y salen marcando con sus patas el suelo de tierra roja de la casa. El olor, a veces nauseabundo, se apodera del taller. Suena el taladro, salta polvo y astillas. Don Colá sonríe: "soy muy feliz ayudando a estos chicos a salir adelante".



La capital de Paraguay, erigida a la vera del río homónimo, es una ciudad urbanizada a golpe de necesidad. Las precarias casas de los bañados, como son conocidos los pobres barrios que rodean Asunción, prácticamente se caen al agua. Con cada lluvia, todo se inunda.

Viviendas pequeñas y familias numerosas, muchas carencias sociales, falta de servicios estatales, caminos, desagües, así es Cateura, pero con el plus de tener un enorme vertedero con poco control ambiental.

"La gente nos trae su basura y nosotros la convertimos en música", dice Brandon Cobone, contrabajista de 16 años, mientras blande su arco sobre su instrumento hecho con una enorme lata de aceite industrial.


Las madres trabajadoras del vertedero, Favio y Don Colá se lanzaron juntos a un proyecto que nunca pensaron que saldría del barrio. Convirtieron las horas muertas de los niños en clases de música y de reciclado.

Pronto hubo guitarras, violines y tambores de hojalata para todos, incluso saxofones y trompetas, aprovechando las cañerías viejas. Cuando algunos chicos comenzaron a adquirir nivel, Favio y las madres de muchos alumnos, impulsoras de la asociación comunitaria que sostiene y organiza la escuela, formaron la orquesta.

Ahora cientos de niños de Cateura y alrededores sueñan con estudiar música, tocar, viajar, con salir del barrio. La escuela los acepta a todos y cuando se van formando van entrando a la orquesta que sale de gira.

La comunidad y el país respeta a los "reciclados", como los mismos integrantes de la orquesta se reconocen.

La basura sigue ahí. Pero la barriada con niños de cualquier edad corriendo cada miércoles y sábado con sus estuches de instrumentos en la mano ya no es la misma.








(Texto y fotos por Santi Carneri distribuidos a medios de comunicación por la Agencia Efe)



lunes, 11 de noviembre de 2013

Niños lustrabotas del Senado, ejemplo del omnipresente trabajo infantil en Paraguay

El trabajo infantil está tan presente en Paraguay que hasta en los corredores del Senado y del Palacio de Justicia menores de 14 años limpian cada día los zapatos a funcionarios e incluso a los parlamentarios, pese a las leyes que lo prohíben.
Uno de cada cinco niños y adolescentes paraguayos trabajan en el campo, hoteles, servicios e incluso en tareas peligrosas, según la última Encuesta Nacional de Actividades de Niños, realizada por la Organización Internacional del Trabajo.
Foto tomada el 29 de mayo de 2013. Un niño  vende comida en un autboús de la ciudad de Asunción (Paraguay). 

Foto tomada el 7 de septiembre de 2013. Un niño de 13 años, que lleva desde los cinco trabajando como lustrabotas para entregarle dinero a su madre, espera la llegada de clientes frente al Panteón de los Héroes, en la calle Palma del centro de Asunción (Paraguay). 


Foto tomada el 9 de octubre de 2013.  Un niño limpia sentado en el suelo los zapatos de un hombre en la calle Palma del centro de Asunción (Paraguay) frente al edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores . 

Foto tomada el 7 de septiembre de 2013.  Un niño nada en una fuente pública  del centro de Asunción (Paraguay). 
Uno de ellos es Rubén, que con 13 años ya conoce cada recoveco del laberíntico Congreso de Paraguay, donde desde hace cinco años acude cada día atraído por las enormes propinas que le dejan los diputados y senadores tras limpiarles los zapatos.

"Acá se gana más plata que en la calle", dijo Rubén, sentado en el pasillo de Comisiones del Senado, en un descanso mientras los parlamentarios ocupaban sus escaños.

Foto tomada el 7 de septiembre de 2013. Tres niños nadan y juegan en una fuente pública  del centro de Asunción (Paraguay) frente al edificio del Congreso Nacional.

El niño tiene a varios congresistas como clientes habituales, algunos de los cuales, para no ser vistos, le piden que les acompañe al despacho.

Allí se esfuerza por dejar brillantes sus caros zapatos, a la espera de un billete "grande", de 20.000 o incluso 50.000 guaraníes (unos 4 ó 11 dólares), como el que le dio recientemente el propio presidente de la Cámara, el senador Julio Cesar Velázquez, según recordó el menor.

Rubén gana cada día de media unos 40.000 guaraníes, algo menos de 9 dólares, frente al salario mínimo diario que es de unos 55.300 guaraníes, aproximadamente 12 dólares.

Foto tomada el 4 de junio de 2013.  Un niño vendedor de comida transporta un canasto con chipas, el pan de queso y almidón ttípico de Paraguay,  en la calle Yegros del centro de Asunción (Paraguay).
El pequeño lustrabotas llega cada día entre las 6 y las 7 de la mañana al Congreso, donde se reparte junto a otros compañeros de su edad, o más jóvenes, los distintos niveles del edificio.

El pasado miércoles, los chicos mantenían una conversación sobre fútbol y la última serie de dibujos animados hasta que la llegada de un cliente, un hombre trajeado con el logotipo de la Honorable Cámara de Senadores (HSC) en la solapa de la chaqueta negra, les hizo ponerse serios y les devolvió a su realidad.

"Hay niños que hemos visto crecer aquí dentro", aseguró Irene Ayala, funcionaria por oposición pública que lleva unos veinte años trabajando el Congreso y considera "un error" que en la casa donde se hacen las leyes estas no se cumplan.

Uno de cada cinco niños y adolescentes paraguayos trabajan en el campo, hoteles, servicios e incluso en tareas peligrosas, según la última Encuesta Nacional de Actividades de Niños, realizada por la Organización Internacional del Trabajo.
La legislación paraguaya dice claramente que está prohibido que los menores de 14 años trabajen, recalcó la responsable de Protección de los Derechos del Niño de Unicef en Paraguay, Andrea Cid.

"Es una práctica habitual lastimosamente, como muchas otras en trabajo infantil, la gente se acostumbra y deja de verlas como lo que son", denunció Cid.

Según la portavoz de Unicef, la agencia de la ONU dedicada a velar por los derechos de los menores de edad, el trabajo infantil "se ha oficializado en algunas instituciones públicas" de Paraguay, como el Congreso, el aeropuerto y el Palacio de Justicia.

"Podemos ver a los niños como lustrabotas y como ayudantes en los pasillos de pisos superiores del Palacio de Justicia", añadió.

Cid remarcó que los niños no deberían tener que pensar en ganar dinero para subsistir sino en jugar y educarse, y recordó que los menores que trabajan faltan mucho más a clase, lo que aumenta el fracaso escolar de los más pobres.

Unicef recomendó que se cumplan los planes de políticas básicas de protección social que ya existen en el país pero que no se ejecutan.

Foto tomada el 9 de noviembre de 2013. David de 11 años, viene desde hace cinco años al centro de Asunción (Paraguay) con su padre para vender chipas. Después de ir a la escuela, llegan desde Caacupé, a unos 55 km de la capital cada día de la semana, en un viaje de autobús de dos horas donde aprovechan también para vender el típico pan de queso y almidón que se come en Paraguay.

"Paraguay está al día con todos los tratados internacionales, están ratificados y son ley en el país, pero no se aplican", abundó Cid.

Igual que en el Congreso, es casi imposible caminar por el centro de Asunción sin cruzarse con niños cargando con las cajitas de madera que usan para guardar el betún con el que limpian el calzado de los transeúntes.

Un niño con dedos teñidos de negro por la mugre, arrodillado en el suelo limpiando los zapatos de algún hombre elegante en pleno horario escolar es una estampa típica de la céntrica y turística calle Palma.

Otros pasan el día de un lado para otro con inmensas canastas de mimbre sobre la cabeza, usadas para transportar chipas, un tradicional pan de almidón y queso que venden en los autobuses o a la puerta de las oficinas del centro.
En comparación con ellos, los limpiabotas del Congreso son unos privilegiados.

Foto tomada el 10 de junio de 2013.  Un niño lustrabotas camina con la caja donde guarda sus herramientas en la calle Palma del centro de Asunción (Paraguay) frente al Panteón de los Héroes.

Reportaje distribuido por la Agencia Efe y publicado en El País (España), entre otros.